Opinión
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Jueves, 24 de Octubre de 2019 22:36 hrs.
Nacional / México / Saltillo
-Nadie sabe lo que sigue después de la muerte -postuló el conferencista con solemnidad.
-Yo sí sé -dijo una señora desde atrás-. Siguen la pera, la bandera y el bandolón.
Dicen algunos que todo acaba con la muerte. No es cierto: después vienen los pleitos por la herencia.
Murió un cierto señor. ’Morir es una costumbre que sabe tener la gente’, dijo Borges. Prudente y ordenado, aquel señor había hecho testamento, y así su esposa quedó como heredera de sus bienes.
Los hijos, sin embargo -varones todos- reclamaron a su mamá la herencia de su padre. Quizá por ellos mismos no lo habrían hecho, pero esposas tenían, y así la cosa cambia. La viuda, a fin de obviar problemas y mantener unida a la familia, distribuyó a sus hijos las propiedades y el dinero. Hasta la misma casa en que ella iba a vivir la entregó como parte de la herencia. No se quedó sino con lo estrictamente necesario para pasar los últimos años de su vida.
Y sucedió que tan pronto los hijos se vieron con lo suyo, no fueron ya los mismos con su madre. Dejaron de visitarla con la frecuencia con que lo hacían antes de que les repartiera los haberes. ’El interés tiene pies’, dice el refrán. Ahora que los hijos ya no tenían interés tampoco tenían pies que los llevaran en dirección de la casa de su madre.
No dejó de afligirse la señora por el abandono. Había desoído el consejo de su esposo, quien le recomendó mantener hasta su muerte aquellos bienes. Que siquiera por interés los hijos la procuraran. Pero es que ellos le recitaron una y otra vez la conocida frase de Anamaría Rabatté: ’En vida, hermano, en vida’. Sólo que esa frase alude a muestras de gratitud y amor, no a la dación de bienes materiales.
Se quedó, pues, sin nada la señora. Se quedó sola, por lo tanto. De la higuera no somos amigos, sino de los higos. Y la madre tenía hijos, pero higos ya no tenía que dar.
Cierto día, sin embargo, una de las nueras fue por ella para que le cuidara a los niños, pues la muchacha no había ido, y se dio cuenta, intrigada, de que su suegra llevaba consigo una cajita que no desamparaba en ningún momento. Le llamó la atención aquello, y comentó con sus concuñas lo que había visto. Empezaron a observar a la señora. Llegaban de repente a su casa, como por casualidad. Lo primero que hacía la suegra al verlas era tomar la caja y mantenerla junto así. Sonaba la cajita con el ruido de cosas que adentro iban. Deliberaron en cónclave las nueras. ¿Qué tenía en aquel cofrecito la señora?
-Todo nos repartió -dijo una-, menos las joyas.
Entonces empezaron a adularla, cada una por su lado, con la esperanza de ganar lo mejor de aquel tesoro. Iban por ella, la llevaban al cine, la invitaban a comer y cenar, le pedían que las acompañara en las salidas de fin de semana y vacaciones, la cuidaban y asistían con solicitud.
Así pasó el tiempo. Murió al fin la señora, con la cajita bajo la almohada de la cama. Las nueras abrieron con avidez el cofre para sacar las joyas que se repartirían. Estaba lleno de piedritas.
Cada uno saque de esta historia la moraleja que más le guste o le acomode. Yo no saco ninguna, pues a mí las moralejas no me gustan. Prefiero decir la historia como a mí me la dijeron.
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